Armando Planchart Franklin: un legado forjado desde el silencio, el trabajo y la generosidad – Parte 8
Azier Calvo
septiembre 18, 2022

Armando Planchart en el teléfono

Este ensayo, en doce entregas sucesivas, forma parte del esfuerzo de la Fundación Anala y Armando Planchart por difundir las múltiples dimensiones de Armando Planchart Franklin. Con estas entregas, pretendemos rescatar la historia de uno de los personajes que hizo posible la modernidad de Venezuela y su impacto en la obra arquitectónica de la capital

 

Armando cumple 50 años.

¿Llega la hora de retirarse?

 

“Cuando Armando cumplió cincuenta años, él vendió todo a los socios que tenía y me dijo: ‘Yo no he tenido tiempo de conocer el mundo, yo no he tenido tiempo de estudiar, yo no he tenido tiempo de nada. Ahora me toca hacer lo que quiera’. Fue entonces cuando nos hicimos esta casa…pero él me dijo que él quería dejar algo más” [1].

Esta cita proviene de uno de los encuentros sostenidos entre Anala Planchart y Hannia Gómez cuando esta última recopilaba el material que le permitiría elaborar el libro El Cerrito. La obra maestra de Gio Ponti en Caracas, lucirá, para quienes han podido a través de este trabajo seguirle la pista a lo hecho por Armando Planchart hasta el año 1956, reveladora y cuando menos sorpresiva.

Sin embargo, lo expresado, sin entrar a realizar un análisis psicológico profundo y dando por válido el sentir de quien se manifestó ante su esposa de forma sincera, pone en evidencia la decisión de una persona dispuesta a aprovechar de aquí en adelante mucho mejor el tiempo para realizarse a partir de llenar las carencias que una vida dedicada al trabajo y a explotar el buen tino para los negocios le ha generado.

El plan que se oculta tras la confesión hecha por Planchart y que se sintetiza en un “ahora me toca hacer lo que quiera” a partir de un “yo no he tenido tiempo de nada”, puede deducirse de las otras oraciones que componen la frase estructurada por Anala.

Así, la primera decisión concreta fue vender sus negocios de venta de automóviles a los socios que lo acompañaban y desprenderse por un lado de los activos que ello comportaba y del tiempo que le consumía para dedicarse a administrar, invertir y multiplicar la fortuna ya lograda para aquel entonces. En otras palabras, es en 1956 cuando A. Planchart y Cía. Sucr. pasa a las manos de su socio Antonio Sucre para denominarse en adelante Sucre y Cía. con sede igualmente en el edificio de Puente Mohedano. Otro tanto ocurrirá con CARS como concesionario, quedándose Planchart con las rentas que le producía la torre de oficinas, conservando por un tiempo los espacios del pent-house como despacho, para finalmente mudarse al piso 11 del edificio Easo en Chacaíto, donde se instaló de forma definitiva a partir de finales de los años 60.

Planchart y compañía

Toma cenital Caracas

Seguramente mantuvo el paquete accionario que ya poseía en diferentes empresas y se mantuvo atento a las fluctuaciones de la bolsa para poder con ello cumplir con los otros objetivos que se había trazado: “conocer el mundo”, cosa que de cierta manera ya había comenzado a hacer, siendo una de sus principales aficiones compartida con Anala desde hacía muchos años, pero que ahora no estaría sujeto a un tiempo limitado; “estudiar” o, en otras palabras, aumentar su cultura con el sesgo autodidacta que siempre lo caracterizó; y, finalmente, terminar de construir la casa de sus sueños, de donde derivará una sincera amistad con Gio Ponti que enriquecerá de manera significativa su bagaje intelectual y la oportunidad de ocupar su tiempo libre en lo que le aficionaba de verdad y que ya hemos repasado en un capítulo anterior.

Otro asunto de particular interés dentro de este repaso que estamos haciendo es el significado que para un hombre de 50 años tenía el cumplirlos a mediados del siglo pasado cuando las expectativas de vida no eran las que hoy en día manejamos, obligando muchas veces a realizar un balance que, en el caso de Planchart, derivó en el testimonio ofrecido por Anala.

Tampoco es de menor valor el señalar que entre las cosas que Planchart soñaba hacer al arribar al medio siglo, dentro de “aquello que siempre deseó”, producto de su aproximación a la vida campestre en el período en que realizaba continuos viajes al interior del país, se encontraba el empeñar buena parte de su fortuna en adquirir una hacienda en algún apartado lugar de Venezuela, tema que horrorizaba a su esposa quien, como ya hemos dicho, era más propensa a la vida urbana. Esta discrepancia, que causó ruido durante un buen tiempo en la pareja, fue solventada inteligentemente por Anala cuando, empeñada en tener lo bueno de los dos mundos, empezó a recorrer Caracas y, en 1953, encontró en Colinas de San Román el terreno donde finalmente se construiría El Cerrito.

Terreno El Cerrito

Terreno de San Román

La célebre anécdota contada por Anala innumerables veces según la cual le anuncia a su marido el descubrimiento del lote, fue recogida por Hannia Gómez en el capítulo de su libro titulado “Un hato caraqueño”, versionada por Anala en “L’orchidea-farfalla I. Cerrito”: “Estando de vuelta de haber encontrado este terreno, fui corriendo a decírselo a Armando: ‘Mi amor, ¡te conseguí una belleza de hacienda!’. A lo que él replicó enseguida: ‘¿Hacienda?, ¿dónde?’ Y yo le respondí: ‘Aquí mismo, en Caracas’. Dudando de lo que le decía, preguntó: ‘En Caracas, ¿hacienda?’, y yo insistí: ‘Sí, ¡en Caracas, hacienda!’… y me las arreglé para arrastrarlo hasta aquí. Él llegó a este sitio, vio el terreno, y no me dijo nada, ni una palabra. Pasó un mes, y un día, estando yo tranquilamente en mi casa, llegó y me dijo: ‘Vamos, vístete, que vamos a salir’. Yo le contesté: ‘Pero ¿a dónde vamos?, ¿al cine, a comer?’, y él me respondió: ‘No, date prisa’. Tomamos el automóvil, y al rato llegamos justamente hasta acá, donde nos estaban esperando Isabel, mi hermana, con su esposo Arturo y nuestros amigos los Revenga. Y entonces Armando sacó de la parte de atrás del carro unas sillas, una mesita y unas copas, y champaña y caviar, y se volteó hacia mí y exclamó: ‘Aquí tienes. ¡Esto es tuyo! Dime, y ahora, ¿qué vas a hacer con todo esto?’… a lo que yo le respondí: ‘Pues aquí en este mismo sitio voy a poner mi cama, y al lado de mi cama voy a colocar una vaca y entonces le voy a hacer caricias en el lomo…’”[2].

El hecho es que, desde aquel momento, como se sabe, a los Planchart les cambió la vida. La consecución de un arquitecto hasta que dieron con Gio Ponti a mediados de aquel año 53 y la construcción de su casa a partir de 1954, se convirtió en el mayor foco de atención del matrimonio. De tal manera, en 1956 cuando la villa entró, luego de ser superadas algunas dificultades que se presentaron al tener problemas de salud el ingeniero residente, en la etapa final de su construcción, le correspondió a Armando Planchart incursionar a fondo y completar su aprendizaje en lo relacionado a entender la manera como se dirige una obra y toda la logística asociada a proveer los insumos requeridos para llevarla a feliz término. No olvidemos que además del costoso financiamiento que implicó su ejecución, El Cerrito obligó a llevar con mucho cuidado una relación de los gastos que se hacían para su construcción, donde los materiales y acabados en su mayor porcentaje provenían del exterior, administración que Armando Planchart condujo con total escrupulosidad, ayudándole en gran medida su abogado y amigo Fidel Rotondaro.

Lo cierto es que El Cerrito se retrasó un año, convirtiéndose para Planchart tal vez en el primer asunto que entraría dentro de ese distribuir su tiempo con total libertad una vez cumplidos los 50 o, en otras palabras, en el comienzo de su jubilación. Será desde mediados de 1956 cuando, luego de un importante periplo europeo vinculado a la celebración de su medio siglo de vida, Planchart asuma hasta la finalización de la quinta, para beneplácito de Ponti, el rol de inspector y supervisor de la misma, garantía de que se terminara con prontitud. Con él, como siempre fue desde un comienzo, pero ahora con mayor énfasis, Ponti se carteó para llevar adelante todas las indicaciones necesarias en la delicada etapa final de la quinta.

Aunque para el año 1956, según cifras internacionales, Venezuela era la primera potencia económica de América Latina y la primera en crecimiento a nivel mundial, al punto que un bolívar venezolano era equivalente a 1,75 dólares americanos, ya se empezaban a percibir señales de decaimiento en el régimen de Pérez Jiménez que afectó el flujo de importaciones lo cual, sin embargo, no afectó la llegada desde el exterior de todo lo que El Cerrito fue necesitando.

Carta de Ponti

Carta de Ponti a Armando Planchart

Por otro lado, 1956 continuó siendo un año en el que la dictadura no dejó de construir e inaugurar obras públicas y donde la industria de la construcción continuó con su ritmo frenético ocupando todos los rincones de Caracas. Demostración de ello y de la calidad de lo que se hacía es el que en febrero la revista inglesa Architectural Design publica un número dedicado a la arquitectura moderna venezolana.

Revista Architectural Design

Número de la revista Architectural Design dedicado a Venezuela

Por otro lado, de ese año también son, por ejemplo: el edificio Sudameris en el cruce entre la avenida Urdaneta y la Fuerzas Armadas de Vincenzo Nasi (quinta sede de la empresa ARS Publicidad, creada en 1938 por Carlos Eduardo Frías, como sabemos, gran amigo de Planchart); la conclusión de las obras del Acueducto de Caracas (Aducción Rio Tuy); la inauguración del Teleférico Caracas-Litoral Central y de las estaciones Maripérez y El Cojo, Macuto, diseñadas por el arquitecto Alejandro Pietri; la aparición del nº 5 de la revista Integral (quizás la edición más hermosa de cuantas se han editado en el país desde esa fecha), dedicada a El Helicoide; el llamado a Concurso por invitación para el Proyecto de la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC), ganado por Guido Bermúdez y Pedro Lluberes; la culminación de la construcción y equipamiento por parte de la Corporación Nacional de Hoteles y Turismo (CONAHOTU) de los hoteles Llano Alto, Barinas, (diseñado por Oscar Carpio y Guillermo Suárez), Cumboto, Puerto Cabello, (Don Hatch), Aguas Calientes, Táchira, (Julián Ferris, Juan Andrés Vegas y Gustavo Ferrero Tamayo), Prado del Rio, Mérida, (Tomás J. Sanabria y Julio Volante), y Bella Vista, Porlamar, (Vegas & Galia); la terminación del proyecto de urbanismo de la Urbanización Terrazas del Club Hipico por parte de la empresa Arquitectura y Urbanismo, C.A.; la inauguración de la Represa del Guárico, Calabozo, obra ejecutada por la empresa Técnica Constructora, C.A.; la apertura de la carretera Coche-Los Teques; la conclusión de la primera etapa del edificio sede del Colegio Santiago de León de Caracas, La Floresta, diseñado por Omar Feaugas Guedes (que Armando Planchart ayudó a impulsar); la Sede del Colegio de Médicos del Distrito Federal, Plaza Las Tres Gracias, del arquitecto Diego Carbonell; el Club Playa Azul, Litoral Central, proyectado por Julián Ferris con la colaboración del arquitecto mexicano Félix Candela; Anglovén, Colinas de Bello Monte, de Vegas & Galia; el Club Táchira, Colinas de Bello Monte y la Iglesia El Redentor, San Cristóbal, ambos de Fruto Vivas; los aeropuertos de Mérida e Isla de Margarita; la Planta de tratamiento de “La Mariposa”; la Escuela de Ingeniería y Petróleo de la Universidad del Zulia (LUZ), Maracaibo, de Carlos Raúl Villanueva; el distribuidor La Bandera; la primera etapa de la Urbanización Simón Rodríguez, Caracas, José Manuel Mijares y Carlos Raúl Villanueva; y las inauguraciones del Hospital Clínico y el edificio sede de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo en la Ciudad Universitaria de Caracas de Carlos Raúl Villanueva.

Inauguración teleférico

Inauguración del teleférico. Estación Maripérez. 1954

Edificio Angloven Vegas & Galia

Edificio Angloven Vegas & Galia

Inauguración edificio FAU UCV

Inaguración edificio FAU UCV, 1956.

Como nota al margen, en 1956 el primer premio del VIII Salón Planchart se lo lleva Guillermo Heiter con la obra “Agonía”.

También, en ocasión del cumpleaños número 50 de Armando Planchart, los amigos con los que practicaba el golf (otra de sus aficiones) en el Caracas Country Club y que se autodenominaban “Los Elefantes” (Carlos Eduardo Frías, Carlos Duarte, Carlos Enrique Machado) toman la palabra por él en un reportaje publicado en una conocida revista ante su permanente aversión a dase a conocer públicamente y su evasiva actitud ante los periodistas.

Finalmente, vale añadir que si queremos ser precisos será luego de inaugurada la Villa Planchart el 8 de diciembre de 1957 cuando ese poder “hacer lo que quiera” ansiado por su propietario se haría realidad. A partir de 1958, una vez derrocada la dictadura de Pérez Jiménez los Planchart intensificarán sus viajes de placer y contarán durante sus estadías en Caracas con la mejor sede posible para realizar reuniones sociales y de un lugar donde la cultura siempre tenía cabida, presagio del destino que finalmente su vivienda tendría. Allí un Armando retirado y distendido incrementará su afición por el cuidado de orquídeas y depositará los valiosos objetos que irán adquiriendo en sus frecuentes viajes.

[1] Hannia GÓMEZ, op. cit., p. 257
[2] Hannia GÓMEZ, “L’orchidea-farfalla I. Cerrito”, op. cit.